El año 2017 comenzó con un camello negándose a desfilar en la Cabalgata de Reyes en La Laguna (Tenerife) y cuatro delfines escapando de un parque acuático en la localidad japonesa de Taiji. Al mismo tiempo, la cadena SeaWorld anunciaba la muerte en cautividad de Tilikum, orca célebre por sus diversos ataques mortales contra personas humanas. “Atacar”, “escapar”, “negarse” a obedecer las órdenes… Cada vez menos “incidentes”, “anécdotas” y “casualidades”. Las voces de los demás animales, poco a poco, comienzan a escucharse. Sus acciones de resistencia contra la explotación a la que les sometemos las humanas, son sus gritos de libertad. Creemos que es nuestra responsabilidad no permitir que sean olvidados, dejar de contar esta historia como si cada pequeño paso que se da fuera “nuestra” victoria, no apartar nunca la mirada de quiénes son las verdaderas protagonistas de la historia.

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El 28 de enero fue el turno de Oscar, un tigre de bengala cautivo en un circo sueco. En Suecia existe  la prohibición de utilizar a individuos de determinadas especies en los espectáculos circenses. Esta prohibición incluye a todo tipo de depredadores, excepto perros y gatos, algo muy similar a lo que se pretende hacer en Madrid y otras ciudades del Estado español. Allí, como aquí, las personas y organizaciones antiespecistas siguen presionando para que no solo la ley, sino la lógica y la ética, extiendan el respeto a todas las especies. Mientras tanto, los animales no humanos atrapados en los circos, continúan sin hallar solución a su situación. Y no es de extrañar que muchos circos hayan decidido desplazarse a lugares donde la cosa no pinta tan mal para sus negocios. Así fue, muy probablemente, como llegó Oscar a la población de Monreale, en Sicilia, viajando desde donde la ley le reconoce su derecho a no ser utilizado para hacer trucos, a donde legalmente pueden usarle a su antojo. Así de aleatorio es el especismo, y el mundo en que vivimos.

Pero Oscar no es una abstracción que podamos convertir en persona u objeto, individuo o símbolo según nos convenga o según se adapte a nuestras reglas. Oscar, por sí mismo y para sí mismo, quería escapar. Y lo hizo. Durante horas deambuló por las calles de Monreale, refugiándose en zonas residenciales, mientras las autoridades bloqueaban el tráfico y se preparaban para disparar, como siempre, “en caso de que fuera necesario”. Finalmente, Oscar fue atraído con comida, y una sucesión de improvisadas jaulas le llevó de vuelta a su prisión. Aunque no todas las noticias lo cuentan, algunas imágenes demuestran que se revolvió, y que su “recuperación” no estuvo exenta de resistencia.

 

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Si nos conformamos con leyes y prohibiciones, si no miramos más allá, muchas como Oscar terminarán en otros lugares de encierro, lejos de nuestras miradas. Y allí, sea donde sea, seguirán soñando con su libertad, luchando por ella. Nuestro papel, nuestra fuerza, es la solidaridad. La misma que no entiende de especies. La misma que, en 2015, llevó a estas elefantas cautivas en un circo bielorruso, a socorrer a su compañera caída durante un truco:

Los circos no son lugares para tigresas ni elefantas. Tampoco para perras y gatas. Por mucho que se empeñen sus portavoces, los animales no humanos cautivos en los circos parecen saber perfectamente quién es su auténtica familia, y quiénes son sus verdaderos enemigos. Así lo demostró, hace pocos meses, el león que terminó con la vida de su domador en Alejandría (Egipto), atacándole en plena función. Y así lo demuestran, año tras año, incontables ataques, fugas y negativas a la obediencia,  esas que cada vez se escuchan más alto y con más frecuencia.

Por todas sus protagonistas, que se extienda la solidaridad, que no pare nunca la lucha. Hasta que no quede ningún animal secuestrado en ningún circo, ni en ningún otro centro de explotación. Porque el mayor espectáculo del mundo, es vivir en libertad.

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