La empresa SeaWorld, explotadora de otros animales para el entretenimiento humano, anuncia, en la mañana del 6 de enero de 2017, que la vida de la orca Tilikum ha terminado. Mejor dicho, han terminado con ella, lentamente, en una prisión de agua en la que nunca debió entrar. La causa, dirán: una infección pulmonar que podría haberle sobrevenido igualmente en libertad. La consecuencia: ninguna de las causas que intenten esgrimir para su muerte justificará que le hayan robado la vida. Pero la existencia de Tilikum ha cambiado el mundo. Sus actos han inspirado nuevas formas de mirar y escuchar a los demás animales, así como avances éticos y legales que jamás habríamos pensado que serían impulsados por una persona no humana -el cese de captura y cría de orcas en cautiverio por parte de sus explotadores, por ejemplo-. Quizá insuficientes, demasiado lentas, demasiado pocas, pero todas estas son sus victorias, y serán importantes para muchas otras en el futuro. Probablemente nunca las buscó ni pretendió, y aún así le pertenecen y le sobreviven. Su muerte nos duele profundamente, como nos dolió su vida y que no le permitieran vivirla. Hoy gritamos bien alto: ni olvido ni perdón por la muerte de Tilikum. Esta es su historia, tal y como la contamos en 2014:

Tilikum se ha hecho famoso en todo el mundo por haber acabado con la vida de tres humanas (dos de ellas eran sus entrenadoras, personas que ganaban dinero obligándole a hacer trucos para entretener a la audiencia). Gracias al documental Blackfish, estrenado en 2013, también ha salido a la luz cómo las humanas le han quitado la vida a Tilikum, robándole la libertad y sometiéndole a terribles privaciones y humillaciones que le han convertido en una sombra de lo que podría haber sido si le hubieran dejado en paz en el océano. Blackfish-Tilikum Tilly  nació como una orca libre. En 1983, siendo aún un bebé, nadaba con su familia cerca de la costa de Islandia cuando un grupo de mercenarios les acorralaron, mataron probablemente a algunos de los adultos, y secuestraron a tres de los pequeños para encerrarles de por vida en grandes acuarios, donde realizarían ridículos espectáculos para hacer las delicias del público. Debido a las restricciones internacionales, los mamíferos marinos pueden pasar meses o incluso años viajando de un lugar a otro, drogados y encerrados en pequeños tanques hasta que llegan a su lugar de destino, donde las condiciones no son mucho mejores. Tilikum bebé confinado Tilikum pasó casi un año confinado en un un pequeño recinto de cemento antes de ser trasladado al parque Sealand, en Canadá, donde le obligarían a actuar cada hora, ocho veces al día, siete días a la semana. Allí no fue muy bien recibido por el grupo de orcas “veteranas”. En el océano, los machos se mantienen a una distancia prudencial de las hembras; pero en las piscinas de los acuarios no disponen de ese espacio, así que los conflictos y las agresiones entre ellas son frecuentes. Además, algunas expertas aseguran que los grupos de orcas salvajes hablan diferentes “idiomas”, por lo que un grupo artificial en cautividad puede tener dificultades para comunicarse. En Sealand, como sucede normalmente en todos los espectáculos con orcas y delfines, el entrenamiento que recibía el grupo se basaba en la privación de comida. Cuando Tilly, que era pequeño y recién llegado, cometía algún fallo, sus compañeras también eran castigadas, lo cual aumentaba la animadversión hacia él. El hecho es que Tilikum sufría lesiones por los ataques de otras orcas y, como consecuencia, era frecuentemente aislado, lo cual perpetuaba sus problemas de estrés, de salud y de falta de integración. Finalmente, el 21 de febrero de 1991, su desesperación tomó forma por primera vez. Durante una actuación, la entrenadora Keltie Byrne resbaló y calló al agua. Tilikum la arrastró entonces hacia el fondo de la piscina. Las otras dos orcas, Haida y Nootka, se unieron a Tilly, rodeando y zarandeando a Keltie para impedirle salir a la superficie, hasta que ésta murió ahogada. Tardaron nueve horas en recuperar su cuerpo. La tragedia condujo al cierre del parque Sealand, pero para aquellas personas que veían a los animales como una fuente de ingresos, Tilikum seguía siendo más que rentable. Y esa rentabilidad era más importante que su libertad, su desesperación, su ira, y todas las vidas que pudiera llevarse por delante. Tilikum era el macho más grande en cautividad, así que la cadena Sea World aprovechó el incidente para hacerse con él y empezar a usarlo como semental. En 1999, un hombre llamado Daniel P. Dukes que, aparentemente,  se había colado durante la noche con la intención de nadar con los animales, apareció muerto en la piscina de Tilly. Los responsables del parque no tuvieron ningún problema en achacar toda la responsabilidad a la imprudente víctima. Pero no les sería tan fácil dar explicaciones cuando, en 2010, Tilikum se cobró su tercera víctima: la entrenadora Dawn Brancheau. De nuevo en plena actuación, delante del público, la orca arrancó la cabellera a su explotadora, la desmembró y le rompió varios huesos del cuerpo antes de ahogarla. Obviamente, no fue ningún accidente. Tilikum Desde la muerte de Dawn y, especialmente, desde el estreno del documental Blackfish, han tenido lugar varias campañas para exigir la recuperación y liberación de Tilikum, pero Sea World no va a deshacerse tan fácilmente del padre del 56% de sus orcas. Tilikum vive aislado en un espacio que contiene  un 0,0001 % de la cantidad de agua que recorrería en un sólo día en el océano, y se muestra al público como un objeto de exhibición prácticamente inerte. En los últimos meses, se han difundido vídeos que demuestran los efectos devastadores que el cautiverio tiene sobre él: se deja flotar, mastica las rejas de metal y las paredes de hormigón de su tanque (lo cual lleva al desgaste dental, infecciones, problemas estomacales…) y su aleta dorsal está totalmente colapsada, cosa que se repite en casi todos los machos en cautividad, y que apenas sucede en libertad.

Los ataques de los que ha sido protagonista no son hechos aislados ni fruto de un instinto asesino incontrolable. De hecho, no hay ningún ataque documentado de una orca hacia un humano en la naturaleza. En cautiverio, en cambio, suceden constantemente. Sólo en Sea World, hay registrados unas 100 agresiones. En 2009, en Tenerife, una orca llamada Keto (enviada por Sea World a Loro Parque) acabó con la vida de Alexis Martínez. Según el autor David Kirby, muchos de los ataques por parte de orcas hembra pueden estar relacionados con el hecho de que a las madres les separen de sus crías (en la naturaleza el vínculo madre-hija de las orcas se prolonga durante toda la vida), tal y como sucedió con Kasatka y sus repetidos intentos de ahogar al entrenador Ken Peters:
En cualquier caso, estos animales están expresando de forma activa su disconformidad con la situación en la que se les ha obligado a vivir. Prepararlos para ser devueltos al océano no sería ni más difícil ni más caro de lo que ha sido capturarlos y entrenarlos para vivir encerrados y realizar actuaciones. Y, desde luego, sería mucho más justo. Actualmente, se estima que hay 54 orcas viviendo encerradas en parques acuáticos. Miles de personas siguen pagando para ver cómo, a pesar de todos sus esfuerzos, la vida de Tilikum se desvanece en una piscina. Su nombre, el que le pusieron aquellos que le esclavizaron, significa “amigos”, “parientes” ,”tribu”, “pueblo”. Significa todo aquello que le han arrebatado.

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