Aparentemente, Assia, Kumbuka y Santino no tienen nada que ver. Aparentemente no tienen un lenguaje común, y aparentemente no hablan humano. Sin embargo, los tres eligieron formas de expresión similares como respuesta a la opresión a la que les somentemos las humanas, en este caso a través del encierro y la exhibición en zoológicos. Puede que no hablen ninguna de nuestras lenguas, pero sus acciones lanzaron verdades como piedras. Una forma de expresión que, desde nuestro punto de vista, quien no entienda es porque tiene pocas ganas de entender.

kumbukaEl pasado 13 de octubre, los medios y redes sociales hirvieron con la noticia de que un gorila de 185 kilos de peso había escapado de su recinto en el Zoo de Londres. Kumbuka, de 18 años, había sido trasladado desde Devon en 2013 con el objetivo de provocar su reproducción con las dos hembras, Effie y Mjukuu. Sustituía así al anterior macho, Kesho, en una de esas operaciones de intercambio de vidas que tanto gustan y tanto beneficio reportan a los zoológicos europeos.

Pero aquel jueves, durante aproximadamente 90 minutos, Kumbuka se hizo con el control de su propia existencia. Los papeles se invirtieron por un momento, y las personas que habían pagado para ver a otras en una jaula, fueron encerradas en “lugares seguros”. Según los testigos, hasta 30 agentes de Scotland Yard y varios empleados del zoo armados, patrullaron la zona mientras un helicóptero dotado de cámaras trataba de localizar a Kumbuka. Finalmente, fue encontrado, sedado, y devuelto a su prisión; pero los visitantes ya se habían ocupado de dejar constancia de lo que habían visto. Una estudiante de veterinaria relató que, antes de que saltara la alarma, Kumbuku “estaba ansioso” y, cuando algunas personas comenzaron a gritarle, “enfureció, saltó sobre una cuerda, y se lanzó contra el vidrio”. No fue la única persona que aseguró haber visto al gorila nervioso y cargando contra el cristal poco antes de que se anunciara su fuga. Sin embargo, una semana más tarde, el zoológico ofreció a todos los medios una versión muy diferente y literalmente edulcorada de lo ocurrido: como de costumbre, la explicación oficial que ya hemos encontrado siete veces en lo que va de año, se resume en una puerta que quedó mal cerrada. Según ellos, Kumbuka no tenía ninguna intención ni ninguna razón para querer huir de su sometimiento. Simplemente, salió por aquella puerta, y “se bebió 5 litros de concentrado de grosella”. De este modo, un acto de resistencia presenciado por decenas de testigos, contenido con un despliegue de helicópteros y especialistas armados, se convierte en una anécdota sin importancia.

Sin embargo, Kumbuka ya había “dado a conocer sus sentimientos” antes de llegar a Londres, y en este caso no había grosellas de por medio.

En 2012, el periodista Richard Austin manifestó que al gorila no le gustaba ser fotografiado y que, cada vez que lo intentaba, Kumbuka le respondía lanzándole “misiles hechos de barro, césped, y hasta un trozo de piedra duro del tamaño de un ladrillo”. Austin reconocía entonces la resistencia y los deseos de libertad de Kumbuka, incluso auspiciaba que irían a más, pero se mofaba concluyendo lo siguiente: “si alguna vez se escapa del zoo, espero que nadie le de mi dirección”.

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Por desgracia, y a pesar de sus esfuerzos, Kumbuka continua encerrado. Al igual que los hijos que le han obligado a tener, y los hijos de éstos si no hacemos nada para evitarlo. Y millones de humanas en todo el mundo siguen llevando a sus propias hijas a presenciar y disfrutar esta injusticia.

No podemos seguir pretendiendo que acudir a estos lugares y observar a los demás como si fueran objetos son actos asépticos y neutrales, no podemos fingir que la participación como público no supone una forma de opresión en sí misma. De hecho, en las miradas y en las acciones de muchos animales encerrados en zoológicos, existe una respuesta clara y directa hacia sus espectadores.

Otro claro ejemplo de este reconocimiento, de esta resistencia a la observación del visitante, lo encontramos en el chimpancé Santino. Encerrado desde 1983 en el zoológico sueco de Furuvik, se hizo célebre en 2009 por su costumbre de preparar y pulir cada mañana una serie de piedras que luego arrojaba a las visitantes. Cuando el zoológico tomó medidas y sus clientes ya estaban prevenidos por la fama del chimpancé, Santino se tomó dos años para desarrollar una nueva estrategia: comenzó a esconder las piedras “bajo montones de heno o detrás de troncos de árboles y a lanzarlas luego sin ningún preaviso”. 

 

A sus 38 años, Santino continúa encerrado, según algunas fuentes perdiendo pelo periódicamente por posibles problemas de estrés. No existe constancia de que sus piedras hayan herido jamás a nadie.

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Lamentablemente, no puede decirse lo mismo en el caso de la elefanta Assia, cautiva en el zoológico de Rabat (Marruecos), cuya historia salió a la luz el pasado verano por su relación con la muerte de una niña humana. Por la empatía y delicadeza que muestra hacia todas las partes implicadas, reproducimos el siguiente artículo en el que se analiza en profundidad el caso de Assia y las consecuencias de la existencia de los zoológicos:

El pasado 26 de julio, una catástrofe acontecía en el Zoológico de Rabat, en Marruecos.

Era un día como todos los demás frente al recinto de las tres elefantas africanas, quienes, encerradas, esperaban las miradas de los cientos de extraños que acuden cada día al zoológico para contemplarlas y maravillarse por sus características corporales y su presencia. Objetos exóticos, diferentes, llamativos, interesantes: eso son considerados los demás animales en los zoológicos. Cuerpos oelefantas-rabatbservables, a quienes se les somete al cautiverio de por vida porque contemplar su diferencia cubre la necesidad de aprendizaje y/o entretenimiento humano. La mañana del 26 de julio, una familia observaba a estas tres paquidermas en su recinto. Si se hubieran parado a reflexionar lo que observaban, posiblemente habrían podido entender que los movimientos en círculo de estas elefantas no eran un juego, sino una expresión de zoocosis, es decir, sufrimiento psíquico y estrés derivados de la privación de libertad.

Frente al foso de las elefantas, una niña de siete años trataba de hacer una fotografía cuando una de las elefantas tomó con su trompa una enorme piedra que lanzó al aire,  traspasando la fosa y llegando a golpear la cabeza de la niña, que murió al poco tiempo a causa del impacto.

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Este hecho desgarrador y doloroso es una oportunidad para analizar en profundidad estos espacios que son los zoológicos, así como los valores que en ellos se promueven, para evitar que algo así se repita jamás.

Esta noticia duele tremendamente, porque ni la joven niña ni la elefanta tenían que haber estado aquel 26 de julio en el Zoológico de Rabat, no tenían que haberse conocido de aquella forma, no tenían que haber experimentado sobre sus cuerpos la violencia de los zoos.

El Zoológico de Rabat, ante estos hechos, señaló que en el accidente no se infringió ningún protocolo de seguridad, que no hubo contacto directo entre público y animales y que la niña no traspasó la línea de protección en torno a los animales. Además, insistió en que el zoológico fue construido en el 2012 siguiendo todos los parámetros internacionales de seguridad en lo relativo a parques para animales salvajes y recordó que nunca desde su fundación se había registrado un accidente.

Es muy frecuente que ante este tipo de acontecimiento los zoológicos, circos, granjas u otros centros de explotación animal aludan al concepto de “accidente” y se amparen en la legalidad para tratar de mantener la imagen de seguridad del zoológico. Pero los zoológicos son cárceles para los animales que allí viven, y a la vez que sufren las consecuencias de esta privación de libertad en forma de autolesiones, comportamientos sexuales alterados, apatía o agresividad, entre otros síntomas, ellas luchan activamente por lograr su libertad, usando todas las herramientas que tienen a su alcance para lograrla. No es la primera vez que un animal encerrado en un zoológico asesina a un visitante, “cuidador” o “entrenador”, y hasta que estos lugares dejen de existir, no será la última. Bajo el calificativo de accidente se anula, se invisibiliza y pierde de vista la responsabilidad de quienes mantienen estos centros de opresión y encierro: no es un accidente, es simplemente una respuesta ante la violencia, una forma de resistencia ante una vida sin expectativas de libertad.

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En la historia, siempre se han silenciado las rebeliones de los animales no humanos. Quienes han escrito esa historia hablarán de enloquecimiento, anomalía o accidente. Sin embargo, somos cada vez más las personas que sabemos que los zoológicos, circos con animales y otros centros de explotación son justamente eso: negocios explotadores que nada tienen de educativo, que únicamente buscan el lucro económico a partir del encierro de los demás animales.

Hoy nos entristecemos ante la muerte de la pequeña niña en Rabat, que seguramente, como cualquiera de nosotras, podía ver en la elefanta alguien interesante: un animal muy grande, que sólo en su trompa junta 3000 músculos, la especie de mamíferos terrestres más grande del mundo, que se abanica con sus orejas y además es buena nadadora. Pero nada de esto podría haberlo aprendido en un zoo, donde la elefanta apenas podía vivir su vida. En el zoo se aprende que está bien encerrar a los animales, que están en el mundo para que nosotros los miremos, y no para vivir sus vidas. Ni todos los seguros de accidente del zoológico devolverán jamás la vida de la pequeña, pero hoy sentimos la obligación moral de señalar a los responsables que permiten que algo así pueda pasar.

elefantaHoy nos lamentamos también por las elefantas africanas del Zoo de Rabat, lo hacemos por ellas y por todos los animales que aún siguen entre rejas, o aislados en fosos, lejos de sus familias y su hábitat natural. Aquellas que viven para ser vistas, consideradas propiedades y objetos de satisfacción de los deseos humanos. Hoy nos solidarizamos con la elefanta que lanzó la piedra, porque su acción es un grito de libertad silenciado, y porque posiblemente sea asesinada o castigada por los trabajadores del zoológico. Hoy recordamos a todos los animales que se rebelaron, que lucharon e intentaron ser libres, recordamos a quienes perdieron la vida en el intento.

Hoy es un buen día para reflexionar, para animar a todas las personas a que se pregunten si es legítimo, justo y educativo financiar los zoológicos. Si no sería mejor aprender de los animales en libertad, dejarles ser, responsabilizarnos de quienes ya no puedan volver a ser libres y trasladarles a santuarios donde puedan vivir y morir con la libertad y el respeto que les fue arrebatado.

Para nosotras, hoy es un buen día para acercar el fin de los zoológicos y los acuarios.

*Santuario Europeo de Elefantes: http://www.elephanthaven.com/en/

Fuentes:

http://www.seamosmasanimales.com/2016/07/nina-muere-despues-de-que-un-elefante-lanzo-una-piedra-mientras-posaba-para-una-foto-en-el-zoologico-video.html

http://www.prensalibre.com/internacional/elefante-mata-por-accidente-a-una-nia-de-7-aos-en-zoo-marroqui

http://www.telecinco.es/informativos/sociedad/pedrada_elefante-elefante_zoo-zoo_Rabat-zoo_Marruecos-nina_elefante_2_2219205011.html

 

 

 

 

 

Kumbuka

 

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