Aún no había amanecido, pero ya era la hora de empezar a matar. No sabemos cuántas vacas anónimas, en cuántos camiones, viajarían a aquella ahora, el pasado 13 de octubre, con destino al matadero de Mercabarna -una sala de los horrores de 30.000 metros cuadrados de la que se benefician 12 empresas y que cuenta a sus víctimas por toneladas-. Tampoco sabemos si a aquella hora, aquel día que podría haber sido cualquier día, todas esas toneladas de individuos con sentimientos eran conscientes de cuál era su destino. Pero sí sabemos que, al menos una de ellas, no iba a permitir tan fácilmente que fueran otros quienes lo decidieran.

Así, antes del amanecer del 13 de octubre de 2016, esta vaca cuyo nombre no conocemos, que era única y al mismo tiempo podría haber sido cualquier otra, escapó del camión que la llevaba al matadero y utilizó todos los recursos a su alcance para intentar huir de quienes la privabvaca-nochean de libertad y pretendían asesinarla: saltó la valla del recinto (según otras versiones huyó a través de una puerta que se encontraba abierta por tareas de limpieza), salió a la vía pública, recorriendo una calle abierta al tráfico, cruzó los raíles del tren por un paso a nivel y, finalmente, quedó atrapada en el aparcamiento de una empresa. Allí, según la versión oficial difundida por fuentes policiales, “los trabajadores de la empresa Nissan, efectivos de la Guardia Urbana y personal de Mercabarna trataron de capturar a la vaca sin éxito. Durante la captura, el animal habría tratado de embestir a los trabajadores y también habría saltado por encima de un capó de coche”.

vaca-diaLa vaca, de cuya historia previa solo conocemos que pesaba 500 Kg. y provenía de una granja de Lleida, luchó durante cuatro horas, hasta que una veterinaria del Zoo de Barcelona llegó para sedarla con un dardo tranquilizante. El zoo, sí, esa institución que siempre proclama velar por la vida y el bienestar, ponía sus recursos al servicio del asesinato y el comercio de animales. Sí, el mismo Zoo de Barcelona del que hay fugas documentadas de varias lobas, un gorila y una cabra. El zoo ya sabe de buena tinta lo que hay que hacer en estos casos.

Después de la sedación, según la mayoría de medios, la vaca fue trasladada de nuevo a Mercabarna y “sacrificada” por la tarde. Solo en un periódico hemos encontrado una versión diferente y bastante interesante, en el más horrible de los sentidos: que la propia veterinaria, en el aparcamiento, administró una inyección letal a la vaca. Debido a los fármacos, la carne no se consideraba ya apta para el consumo humano, por lo que el cuerpo sin vida de la guerrera fue decomisado y destruido.

Ya en vida había sido desechada y, si no tenía valor para ellos, no tenía valor por sí misma ni para nadie; pero, de ser cierta esta última versión, y sin que esto signifique que aceptamos como legítimos sus sistemas de uso y descarte, si después del tranquilizante ya no les servía ni muerta, ¿por qué no salvarla? ¿Por qué no permitir que alguien la salvara?

Quizá temen que, al reconocer el deseo y el derecho a vivir de una, tendrán que reconocer el de todas. El de quienes escapan, y el de quienes no tienen fuerzas para intentarlo. Por eso la muerte suele ser la respuesta fácil, como sucedió en marzo de 2015 con este ternero fugado en la localidad de Santa Marta (Salamanca):

 

 

Tras ser atropellado, la Guardia Civil le asestó unos veinte disparos porque, según ellos, suponía un peligro para la seguridad de las personas humanas.

La fuga de animales granjeados que se dirigen al matadero es una constante, solo visible y “noticiable” cuando la escena se produce en lugares transitados por humanos. vaca-contra-poliLas compañeras del blog italiano Resistenza Animale publican noticias sobre este tipo de evasiones prácticamente a diario. El ensayo Animals without Borders, de Sarat Colling, recoge también múltiples ejemplos, localizados especialmente en el Estado de Nueva York. Los lugares donde los mataderos no están aún totalmente alejados de la comunidad humana, como la zona neoyorquina de Queens, o la Avenida Norte de Baltimore -donde en dos años ha habido dos casos de fugas colectivas de toros- , están relativamente acostumbrados a ver animales no humanos por las calles corriendo por sus vidas, sorteando obstáculos y enfrentándose a las autoridades. Según Colling, la lucha de estos animales contra su muerte y contención, sus repetidas fugas y rebeliones, modelaron la geografía de las ciudades y modificaron la distribución espacial de la industria cárnica. No solo la matanza debía ser alejada de la mirada y el pensamiento del público, también la resistencia. También la solidaridad.Por eso, devolverles la voz robada, ayudar a que sus historias sean contadas y contextualizadas, poco a poco (demasiado poco a poco) va dando sus frutos. Algunos de estos individuos ven recompensados sus esfuerzos y son trasladados a santuarios donde, por puro amor y solidaridad, su vida y su individualidad son respetadas. Así sucedió con Teresa, con Freddie y, hace no tanto, con Johana.

johana

El caso de Johana es algo particular porque, además de huir, demostró que, si se lo hubieran permitido -si el mundo especista que hemos construido permitiera tal cosa o, mejor dicho, si construyéramos otro mundo-, podría haber vivido libre. Sucedió en julio de este año en Kaiserslautern (Alemania). Johana, una vaca de dos años de edad, escapó de un matadero y se adentró en una zona boscosa. Durante cuatro semanas, la policía trató de localizarla sin descanso con la ayuda de helicópteros; pero, cada vez que la avistaban, conseguía volver a esconderse. Llegó a visitar la ciudad en varias ocasiones, incluso interrumpiendo el tráfico, y aún así eludió la captura hasta el punto de que un rastreador profesional se dio por vencido. Finalmente, el 2 de agosto de 2016, Johana entró en las instalaciones de una planta de la empresa Opel. En las mismas circunstancias que la vaca huida de Mercabarna y, curiosamente, también en unas instalaciones de la industria automovilística, su destino fue muy diferente. Los bomberos la cercaron, la atraparon, y fue trasladada a un santuario en el que convivirá con 400 cerdos y otros 60 bovinos rescatados. Las personas que la apoyaban y las responsables de la organización habían tenido tiempo, al menos, para negociar por su vida y rescate.
cuerpoNo sucedió así el 13 de octubre de 2016 en Barcelona.

Amaneció, y el día siguió adelante con el cuerpo de la vaca tendido sobre el asfalto. Sus compañeras, probablemente, ya desmembradas en Mercabarna. Desde la ventana, los trabajadores observaban la escena mientras se llevaban a cabo las negociaciones por su convenio colectivo. Alguno se mofaba, alguna se apenaba. Esta vez falló la solidaridad, o no llegó a tiempo. Todo estaba intentado y todo estaba perdido.Perdida, pero nunca insignificante, jamás olvidada. Su valor no se mide en dinero ni en toneladas, ni en una receta exquisita. Ni siquiera en la valentía que la llevó a luchar, ni en la batalla que le obligaron a librar. Su valor no era nada que nadie pueda medir, ni que tenga sentido solo porque algunas humanas lo sentimos. Su valor, simplemente, era. Era ella, para sí misma. Sin nombre, única, como cualquier otra, como todas.

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