“Me has matado” fueron las últimas palabras de un cazador de Hontoria (Palencia), tras ser “disparado accidentalmente” por su mejor amigo durante una batida para matar conejos el 27 de marzo de 2016. La diferencia es que el conejo no habría podido pronunciar estas palabras. Sin embargo, su muerte  y su deseo de evitarla, habrían sido sin duda expresadas de otra manera.

La ironía del cazador cazado había dado un giro aún más tragicómico el 8 de noviembre de 2015, en la localidad de Boadella (Girona), cuando un cazador abatió a otro humano, compañero suyo y también aficionado al asesinato, al confundirlo -según sus propias declaraciones- con con un jabalí:

“Cada uno de los cazadores estaba en su puesto, pero de repente uno de ellos ha oído un ruido entre los arbustos y ha disparado”.

Desde el punto de vista de quienes no creemos en la justicia divina ni tampoco en la divinidad humana, estas noticias son, sencillamente, buenas noticias para los conejos y jabalíes que, al menos en aquella ocasión, no tuvieron que enfrentarse al miedo, dolor y muerte que aquellos humanos deseaban infligirles por pura diversión. Y es que, aunque en este blog normalmente contamos historias de animales cautivos, no podemos dejar de observar que hay otros ámbitos en los que se perpetra la opresión especista y en los que, por tanto, también tiene lugar la resistencia de los demás animales.

Las cacerías de animales en su medio natural normalmente son solo la punta del iceberg de un entramado que también incluye cría, comercio, encierro y tormento para individuos de muchas especies. Esto implica a los propios animales destinados a ser cazados, y también a los utilizados para ello, como perros de determinadas razas. Estas criaturas también luchan para conquistar su propio destino y, lo consigan o no, sus acciones tienen consecuencias.

JabalíTan solo unas semanas antes del suceso de Boadella, la muerte de otro cazador había aparecido en los titulares. Era el primer día de la temporada de caza en Laza (Ourense). Un policía nacional destinado en la Unidad de Extranjería de Verín, había decidido pasar su tiempo libre con asuntos tan opresores, injustos y destructivos como aquellos a los que se dedica su “profesión”. En este caso, su hombría autoritaria se haría valer sobre los animales no humanos.  Pero al contrario que en Boadella, esta vez el ruido tras los arbustos sí se correspondía con un jabalí. Según la noticia, el animal ya había sido herido por otro cazador, y lo que se disponía a hacer el asesino era aprovechar su ventaja sobre una criatura indefensa. Pero, mientras el cazador asía su cuchillo para rematar a la presa, el jabalí consiguió liberarse e invertir los papeles. Le embistió en la pierna, dejándolo herido de muerte hasta desangrarse. Cuando llegaron los servicios de rescate, el hombre ya no respiraba ni estaba consciente. El jabalí, supuestamente, fue capturado y asesinado más tarde por otros hombres. Habían decidido que encontrara la muerte aquel día, pero no se fue sin luchar.

Ninguna pared exhibirá como trofeo la cabeza del cazador cazado, del policía ajusticiado; pero para nosotras ese jabalí será siempre recordado como el héroe que aquel hombre nunca fue.

En el otro hemisferio, en abril de 2015, un cazador profesional murió al ser embestido y pisoteado por el elefante al que intentaba asesinar por dinero. Ian Gibson llevaba años trabajando en Zimbabwe para una compañía dedicada a las cacerías guiadas para visitantes extranjeros. En la nota difundida por la empresa, Chifuti Safaris, se narra cómo el mercenario y su grupo habían estado acechando al elefante durante unas cinco horas. En una parada para descansar, finalmente, lo localizaron.

Ian-Gibson-Elephant

El elefante se dio la vuelta al sentir la presencia de los cazadores e inmediatamente se abalanzó sobre Ian desde una distancia de entre 5o y 100 metros. Él gritaba y disparaba, consciente de lo que le iba a suceder, pero incapaz de pararlo. Se desconoce si aquel animal fue matado allí mismo o más tarde, pero sin duda Gibson se llevó a la tumba el marfil que tanto había perseguido. Al hacerse pública su historia, salió también a la luz que un mercenario de la misma empresa había sido ajusticiado en 2012 por un búfalo al que intentaba dar muerte.

Y es que el cazador cazado no es ningún mito, sino una consecuencia lógica y más que frecuente de la masacre de animales no humanos. Internet está lleno de escabrosos ejemplos y compilaciones que raramente terminan bien. Quien busca causar dolor y muerte a cualquier precio, lógicamente encuentra resistencia. De hecho, la caza y la pesca “deportivas” basan su “diversión” y su tecnología en el hecho de que los demás animales se resisten, de que no se dejan matar sin más.

El verbo utilizado para referirse al acto de capturar peces en las actividades pesqueras es “cosechar”. Esto fomenta la idea de que los peces no son ni siquiera animales, sino seres inertes o pasivos que, simplemente, se dejan recolectar del medio acuático. Así que, la indiferencia con la que se observa y se trata la opresión que sufren los animales acuáticos es aún mayor que la de los animales terrestres. Sin embargo, los instrumentos que se diseñan para atrapar peces revelan por sí mismos que éstos tienen la capacidad y, de hecho, la tendencia, a luchar contra su captura y tratar de evitar su muerte -con toda la agonía que conlleva-.  No es muy frecuente que estas luchas de los peces por sobrevivir sean conceptualizadas como resistencia, pero eso es algo que hay que empezar a cambiar.

Una gran aportación a este cambio la realizó, el 16 de junio de 1994, el pez que consiguió ahogar al pescador que le estaba intentando atrapar. Poco sabemos del protagonista de esta historia, aparte de que era un marlín azul de unos 90 kilos que vivía libre en el océano hasta que Chris Bowie vino a perturbarle. A Chris le gustaba todo lo relacionado con matar peces y, cuando no estaba pescando, adoraba ir a cazar ciervos. Sus amistades eran tan encantadoras que lamentaron que hubiera muerto él en lugar de algún “inútil drogadicto”. Aquél día, este hombre tan imprescindible competía por un trofeo y un premio de 500.000$ en un torneo de pesca de marlines en Morehead City (North Carolina). Pero, tras 45 minutos de lucha, su presa hizo algo que, según el hermano de la víctima, “nadie había visto antes en un pez”. Mientras Chris sujetaba el cable al que iba enganchado el anzuelo, el marlín realizó un giro de 180 grados, de tal modo que pudo liberarse y, al mismo tiempo, las manos de su captor quedaron enredadas. El pez se sumergió en las profundidades del océano arrastrando al pescador con él a la muerte.

A pesar de lo aparatoso y llamativo del caso, no era la primera ni la última vez que un marlín lograba algo parecido. En enero de 2013, las imágenes de un barco hundido en Panamá por uno de estos peces dieron la vuelta al mundo.

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En esta ocasión no hubo víctimas humanas. El pescador reconoció que el pez era “extremadamente acrobático” y que este hecho -el hecho de su gran capacidad para resistir- le producía un “subidón de adrenalina”.

Aquel aficionado a la adrenalina a costa del sufrimiento ajeno continuó con sus prácticas opresoras. Pero no puede decir lo mismo el hombre que, en mayo de 2015, murió empalado por el pez espada que intentaba capturar.  “Si se les intenta atacar, se vuelven muy agresivos y pueden llegar a ser letales”, declaró en su momento un miembro del equipo de bomberos que atendió el suceso en Hawái.

Pero miles de millones de peces son acosados y asesinados por la industria pesquera y por aficionados a la pesca recreativa sin aparecer nunca en los titulares. Sin duda, todos tienen una historia y una vida por la que resistir. Como homenaje a todos ellos, reproducimos las preciosas palabras que el blog italiano Resistenza Animale dedicó a este pez que, en sus últimos momentos, encontró fuerzas para golpear a su asesino en la cara con una lata:

Il pesce si ribella

A algunas personas le cuesta interpretar como rebelión la huida de un cerdo del camión que lo lleva al matadero, aquella de un toro que huye en el mar intentando alejarse de la muerte nadando, aquella de un caballo que tira al jinete de la silla y se escapa para poder correr en libertad, aquella de una elefanta que, exasperada por los golpes, empieza a destruir coches y escaparates.

“Son gestos anómalos, nervosismos casuales, irritabilidad, enfermedades o casos fortuitos” son las frases más comunes de quien no quiere admitir la intencionalidad de estas acciones.

Cuando se trata de animales pequeños y, como en este caso, de animales además considerados tan ínfimos e insignificantes hasta negar no solo su voluntad sino también la sensibilidad, es fácil liquidar el asunto riéndose y encogiéndose de hombros.

¿Pero qué sabemos de aquel pez, aturdido por la falta de oxígeno y por el hielo ardiente en el que ha sido colocado?

¿Qué sabemos sobre qué le ha pasado por la mente cuando en la oscuridad absoluta de la nevera ha visto asomarse por última vez un poco de luz?

Aunque no hubiera sido su intención (a nosotras nos gusta pensar que lo fue) la voluntad de tirar la lata hacia su asesino, seguramente era intencional la tentativa por tratar de hacer un ultimo esfuerzo, aunque inútil, en el desesperado intento de escapar del hielo y volver a encontrar la amada agua, el aliento y la vida.

Adiós pequeño gran pez.

Tu rebelión, como casi siempre, no fue apreciada y tal vez ni siquiera percibida. Y tu verdugo no se ha dignado a detenerse ni un momento en tu agonía. Ha cerrado de inmediato la caja térmica, tu pequeña tumba naranja, donde tú y tus desafortunados compañeros valéis inmensamente menos que mantener frescas sus latas de cerveza.

Pero nosotros no olvidaremos tu último gesto. Esto nos ayudará a comprender, cada vez con mayor claridad, el deseo de libertad que acompaña a la vida de cada animal.

 

 

 

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