Muchas veces, los nombres que utilizamos para referirnos a los animales cautivos, a los que escapan o se rebelan, son sus nombres de esclavos. Son los nombres que les han puesto para explotar su imagen y su personalidad. Pero son también los nombres que recuerdan al mundo, y hasta a los propios captores, que cada animal encerrado es un individuo con sus particularidades, y no un representante inerte y aleatorio de su especie. Por eso seguimos utilizándolos, no sin cierta tristeza al recordar de dónde vienen y quién los eligió. Sin embargo, en contadas ocasiones, como en el caso de Teresa, el nombre y el reconocimiento de su individualidad lo conquistan los propios animales.

Bonnie & Clyde llegaron sin nombre al High Park Zoo de Toronto (Canadá) el 24 de mayo de 2016. El zoo ya se proclamaba propietario de un capibara adulto llamado Chewy, y  su intención era intercambiarlo como si fuera un cromo por esta pareja de seis meses de edad con el objetivo de utilizarles para criar. El mismo día que llegaron, “de alguna manera” que los responsables del zoo no son capaces de determinar, escaparon de su recinto, superaron las fronteras de la institución, y corrieron hacia la libertad por las 161 hectáreas del parque que rodea el zoo. A partir de ese momento, se llamaron Bonnie & Clyde.

Bonnie and Clyde 2

Tristemente, la imagen de dos roedores gigantes abriéndose paso desesperadamente desde su nueva jaula y burlando a quienes les encerraban, era para mucha gente motivo de mofa en lugar de solidaridad.  Mientras, el verdadero ridículo lo hacían las decenas de empleados del zoo que salieron a buscarles blandiendo ramas de apio y hojas de lechuga. La ciudad se movilizó para ayudar al zoológico a traerles de vuelta, se recibieron cientos de llamadas de avistamientos, mientras las redes sociales se llenaban de “memes” sobre ellos. Willow capibaraIncluso llegó a utilizarse a otra capibara, Willow, procedente de un refugio de animales exóticos, para difundir por las calles la imagen del desconocido animal e incitar a la colaboración. Al tratarse de una especie que de no ser por los absurdos negocios zoológicos jamás habría sido vista en Canadá, los medios de masas se dedicaron a explicar al público cómo eran, de dónde serían originarios si les dejaran, e incluso a qué sabe su carne.

Trampa para capibaras
Trampa utilizada para intentar atrapar a los capibaras

Pero Bonnie & Clyde rieron más alto, ya que a pesar de todo el dispositivo y las trampas colocadas, tuvieron que pasar 19 días para que uno de ellos fuera capturado. El otro, en el momento en el que se escriben estas líneas, sigue libre. Sus nombres permanecerán inseparables y, si alguna vez vuelven a juntarse tras las rejas, cada vez que sus carceleros les nombren estarán nombrando la dignidad de Bonnie & Clyde, la determinación y la fuerza de aquello que intentaron y no les dejaron conseguir.

bonnie and clyde

Aquellas personas que tanto se rieron con la hazaña de Bonnie & Clyde, probablemente también se rieron cuando de ese mismo parque escapó un pavo real el año anterior durante cinco días. O cuando tres bisones se fugaron en 1994. O cuando un wallaby, un yak y varias llamas aprovecharon para huir en 2009 por las puertas que, según el zoo, les dejaron abiertas “unos vándalos”.

pavo real

Y es que la oposición de los demás animales a vivir en el zoo no es ninguna casualidad, es una constante. El 13 de junio, al día siguiente de que el capibara fuera capturado, salió a la luz que dos lémures habían conseguido huir de su jaula en el Zoo de Baton Rouge, en Louisiana. La explicación que dio la institución es la misma que casi siempre se da en estos casos, restando agencia e intencionalidad a los animales: “un empleado dejó una puerta abierta accidentalmente”. En el Zoo de Baton Rouge, que se sepa, han muerto 18 animales en los últimos cuatro meses. No hace falta investigar mucho más para darse cuenta de que no es un lugar en el que nadie, sea de la especie que sea, quiera vivir. Morir en el zoo parece ser la única cosa más frecuente que intentar escapar de él.

Lemur BR

Los dos lémures deambularon por las instalaciones y sobre los árboles durante unas horas, mientras las personas que visitaban el zoológico eran conducidas, “por seguridad”, a la cocina del restaurante y más tarde a la tienda de recuerdos. No se les permitió salir hasta que las escapistas fueron capturadas y devueltas a la horrible jaula. Durante un breve espacio de tiempo, las humanas pudieron sentir lo que es estar encerrada en un zoológico. Tal vez, quién sabe, alguien hiciera la conexión y aprendiera algo aquel día.

Un confinamiento parecido experimentaron quienes acudieron al Hogle Zoo de Utah el pasado 6 de junio. Zeya, una leoparda de Amur de cuatro años de edad, había escapado de su recinto a primera hora de la mañana. Ninguno de los responsables del zoológico se había dado cuenta. Fue un visitante quien avisó de que la había visto durmiendo en una viga situada a unos cinco metros de altura, en el exterior de la valla de su jaula. Zeya quizá no había intentado activamente escapar (o eso dicen), pero desde luego no había admitido los límites que le habían impuesto, unos 8 meses antes, cuando llegó al zoo procedente de Inglaterra. Tras su breve fuga, Zeya fue sedada y puesta bajo observación, pero el zoo no tembló al declarar que, si hubiera sido más amenazante aquel día, no habrían dudado en utilizar “fuerza letal”. Sin duda intentan apoyar a sus colegas de Cincinnati tras la polémica surgida por la ejecución de Harambe.

Zeya

Como en casi todos los casos, la existencia de Zeya es fruto de los entramados de reproducción de los zoos. Su madre, Xizi, y su padre, Hogar, procedentes de Finlandia y la República Checa respectivamente, son utilizados para criar en una institución británica llamada Wildlife Heritage Fundantion, que bajo la excusa de la conservación provee de animales “en peligro” a zoos de todo el mundo. Zeya y su hermano Manchurian nacieron allí en 2012 y, a finales de 2015, fueron separados. El destino de Zeya es ser utilizada para procrear más animales esclavos junto a Dimitri, el macho del Hogle Zoo y a quien han designado como su compañero a la fuerza.

Los nacimientos serán celebrados, las muertes serán silenciadas. La resistencia cada vez es más difícil de silenciar. Una búsqueda rápida en Internet nos ha llevado a tres relatos de fugas sucedidas en menos de un mes. Y día a día, en todos los zoos del mundo, tienen lugar pequeños actos de rebeldía de los que nunca tendremos conocimiento o de los que mucha gente se reirá; pero que representan la lucha activa de los demás animales por terminar con la injusticia en la que viven.

Algunas veces no encuentran el camino, como los cinco pingüinos que intentaron escapar del Zoo de Odense (Dinamarca) a finales de 2015, pero eso no convierte su intento en insignificante:

Su lucha no será en vano si dejamos de mirar sus acciones como algo anecdótico y comenzamos a entender que el cautiverio y sus consecuencias no tienen ninguna gracia, si comenzamos a escuchar lo que están diciendo a gritos y convertimos la burla en solidaridad.

 

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