Siempre que un animal no humano es asesinado a tiros en una situación de peligro para un humano escuchamos la misma no-explicación: “no había otra opción”. Realmente las historias que vamos a contar no habrían sido menos trágicas si los muertos hubieran sido los humanos que saltaron el muro del zoo. Porque el problema es el muro, el problema es el zoo. Y la otra opción, porque sí la hay, está muy clara: crear relaciones con nuestro mundo en las que la vida deje de valorarse más o menos en función de la especie de quien la ostenta, en las que la libertad deje de encerrarse tras muros y rejas y su búsqueda deje de castigarse con la muerte. No es una fantasía, es un futuro que podemos empezar construir acabando de una vez con los negocios zoológicos y sus excusas; pero un futuro que Harambe, Manolo y la Flaca no llegarán a conocer.flaca y manolo

El 21 de mayo de 2016, un joven de 20 años de nombre Franco Ferrada trepó el muro de la jaula de los leones en el Zoológico Metropolitano de Santiago de Chile. Rompió el techo, y se precipitó hasta el suelo desde una altura considerable. Una vez en el interior, comenzó a desvestirse mientras las tres leonas encerradas allí, Flaca, Gorda y Manolo, lo miraban con curiosidad. Antes de que iniciaran ningún tipo de ataque, se activó la alarma y el personal del zoo comenzó a lanzar chorros de agua para separar a los felinos del chaval. Gorda se retiró, pero sus compañeras permanecieron allí mientras el joven las asediaba, según las fuentes, llegando a colgarse del cuello del Manolo. Éste le sujetó la cabeza con los colmillos y lo arrastró hasta su lugar de descanso donde, supuestamente (aunque ya fuera de la vista de todo el mundo), comenzó a morderle en la cadera y el cuello. Fue entonces, unos cuatro minutos después, cuando se decidió que los dardos tranquilizantes podrían tardar más tiempo en hacer efecto que lo que tardaría Franco en morir y que, por tanto, la “única opción” era asesinar a tiros a los leones. Resulta que así, como por casualidad, el zoológico tenía contratado a un tirador profesional autónomo facultado para matar en todas esas más que probables ocasiones en las que los animales atacan o escapan y que a los zoos les gusta llamar “incidentes aislados”.

Así fue como terminó la vida de Manolo y Flaca (o Flaquita, como la llamaban a veces). Él había nacido allí en 1996 junto a Gorda, la única superviviente no humana de esta tragedia. Flaca había llegado en 2011, después de que un circo la abandonara en deplorables condiciones al sur del territorio chileno. En aquel momento estaba tan desnutrida que no podía ni ponerse en pie, según las responsables del zoológico que se encargaron de “rescatarla”, rehabilitarla y tratarla un poco mejor para seguir obteniendo beneficio económico a su costa. Según sus captores los tres estaban muy unidos, pero especialmente Gorda y Flaca, que comían y dormían juntas todos los días.

manolo gorda y flaca

El zoo ahora se muestra consternado por la pérdida y asegura haber enterrado a los animales dentro de sus instalaciones, pero no cuestionan la injusticia ni el sinsentido de que su propia existencia y los valores que la sustentan son el origen único de esta tragedia y en ellos recae la responsabilidad. No podemos ponernos en la cabeza de Franco Ferrada ni saber qué buscaba con su temeraria hazaña, o si realmente deseaba morir aquel día como se ha dado por hecho en numerosos medios; pero sí podemos y creemos necesario solidarizarnos también con su sufrimiento psicológico y suponer que no fueron circunstancias sencillas ni insignificantes las que le condujeron al interior de una jaula que nunca debió existir. Según fuentes que han tratado la noticia con un poco más de respeto, Franco ha tenido que vivir bajo la tutela de los Servicios de Menores chilenos y tiene a dos hermanos presos. Aquello de lo que intentara escapar, los muros que pueda haber en su mente, seguro que no han nacido de la nada y que no son menos poderosos que los de los zoos o las prisiones. Mientras Franco se recupera físicamente de sus heridas, nuestros pensamientos están también con la pérdida y la tristeza de Gorda, encerrada ahora sola.

Pero no es la única. Pocos días después del asesinato de Manolo y Flaca, las imágenes del gorila Harambe y el niño que cayó en su recinto del zoo de Cincinati dieron la vuelta al mundo.

Harambe nació el 27 de mayo de 1999 en el Gladys Porter Zoo, en Texas, hijo de Moja y Kayla. Su padre fue explotado como macho reproductor, así que Harambe tenía 14 hermanos encerrados en su mismo recinto, aunque por edad compartió especialmente su infancia con Caesar y Nzinga, a los que parecía estar muy unido. Harambe y sus hermanosEn enero de 2002, un misterioso escape de gas de cloro acabó con la vida de varios gorilas en aquel zoo, entre ellas Caesar y Kayla, la joven madre de Harambe. Su padre, Moja, sufrió una enfermedad cardíaca y Harambe y sus hermanos2murió en 2013. No llegó a cumplir los 30 años que fácilmente habría alcanzado en libertad. En 2014, el célebre carcelero de primates Jerry Stones, director del Gladys Porter Zoo, anunció que ya no había suficiente espacio en sus instalaciones para el inmenso lomo plateado en que se había convertido Harambe. Se le separaría de todo lo que conocía y sería enviado a Cincinnati, donde en pocos años se le utilizaría para criar a otros gorilas esclavos junto a las dos hembras que ya se encontraban allí, Chewie y Mara.

El sábado 27 de mayo, el Cincinnati Zoo utilizó el 17 cumpleaños de Harambe como reclamo publicitario. El domingo 28 de mayo, el Cincinnati Zoo asesinó a Harambe.

harambe birthday

Nadie ha podido explicar cómo un niño de 4 años consiguió saltar la barandilla del recinto del gorila y traspasar el muro de casi 5 metros, pero algunos testigos dicen que lo único que quería era meterse en el agua. El caso es que permaneció en el foso durante 10 minutos mientras, para los ojos de mucha gente, Harambe sólo intentaba ser amigable con él y protegerle. Únicamente cuando el pánico empezó a cundir, según algunas personas, Harambe se puso nervioso y su interacción con el pequeño se hizo un poco más brusca, aunque la supuesta agresividad que ponía en peligro la vida del niño es bastante cuestionable. De nuevo, las predicciones de futuro de los responsables zoológicos dedujeron que un dardo tranquilizante tardaría demasiado en hacer efecto y que para entonces el humano habría muerto. Así que, una vez más, “no había otra opción”. Harambe fue ejecutado.

“Del cautiverio a la tumba”, rezaban algunas pancartas de la gente que acudió a las puertas del zoo a manifestar su repulsa por la existencia robada de Harambe. También a las puertas del Metropolitano hubo protestas y velatorios por Flaca y Manolo.

El zoo es cárcel. El zoo es muerte. No serán olividados quienes mueren tras sus puertas, ni quienes aún viven encerradas por ellas.

 

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