Inky ha protagonizado cientos de titulares en la prensa internacional por una hazaña que llevó a cabo hace unos meses. Por razones que se desconocen, los responsables del Acuario Nacional de Nueva Zelanda, en Napier, han decidido que era el momento de explicar que la desaparición de este pulpo de su exhibición se debió a una fuga voluntaria e inteligentemente planificada. Ellos, claro está, no lo han explicado así… Su historia, como la de tantas otras que día tras día luchan contra su encierro en zoos y acuarios, es contada como una anécdota, una casualidad, en este caso fruto de la instintiva curiosidad y asombrosa flexibilidad de su especie. Lo comparan con la fuga ficticia de la película Buscando a Nemo, canto a la libertad del cual muchos no aprendieron nada. Se permiten el lujo de bromear sobre la rebeldía del pulpo comentando que “ni siquiera dejó una nota”. Esperamos que Inky esté riendo más fuerte en lo profundo del océano, sabiendo que ha burlado a sus captores y que su vida vuelve a ser sólo suya.

Inky

 

Porque, si es cierto lo que cuentan, echamos en falta algo en el cómo lo cuentan. Algo que para nosotras es lo más importante: Inky había conocido la libertad, se la habían robado, y utilizó todos los recursos a su alcance para recuperarla. 

Inky vivía libre en el Pacífico. Hace unos años, quedó atrapado en una trampa para cangrejos instalada en un arrecife. El pescador que lo encontró, en lugar de devolverle al océano, que habría sido lo más justo y sencillo, decidió entregarlo al acuario. O así es como dicen que se hicieron con él y lo encerraron en un tanque para exhibirlo a los visitantes y ganar dinero a su costa. La excusa que dieron para mantenerlo cautivo era que estaba en mal estado, ya que su vida en el arrecife, luchando día a día para obtener alimento, era mucho más dura que la que tenía en su jaula de cristal.

Según Rob Yarrall, gerente del acuario, Inky no era infeliz allí, ya que “los pulpos son animales solitarios. Él era sólo un chico curioso y querría saber lo que estaba pasando en el exterior. Esa era, simplemente, su personalidad”. Yarrall reconoce que el pulpo es un sujeto con personalidad, pero no es capaz de reconocer que, si de verdad su cautiverio le hacía tan feliz, no habría estrujado todo su cuerpo para salir del tanque a través de un pequeño agujero, no habría recorrido varios metros por el suelo, fuera del agua, ni se habría introducido por la tubería de 15 centímetros de diámetro que, “casualmente”, dirigía directamente al océano. Con suerte, porque ahí se perdió el rastro de agua que encontraron las empleadas del acuario, Inky habría superado los 50 metros de longitud de esa tubería y habría logrado volver al mar. Con suerte, pero no por casualidad. También cuesta creer que fuera casual que eligiera para escapar el momento en el que se estaban realizando labores de mantenimiento y se había dejado un hueco en la parte superior de su recinto, tal y como narra The Washington Post.

El plan de Inky

A pesar del grado de planificación que sugiere la fuga de Inky, no vamos a pararnos a analizar, como han hecho los medios de masas, las extensas pruebas de la inteligencia y agilidad de los pulpos. Pensamos que, sencillamente, utilizó sus cualidades, puso lo mejor de sí y aprovechó el momento, como hacen constantemente animales de todas las especies, con mayor o menor inteligencia, guiados por el común anhelo de libertad.

Yarrall insinúa que el acuario está abierto a acoger otro pulpo “si algún pescador se lo trae”, lo cual sugiere que toda la publicidad que están dando al caso les puede conseguir un nuevo esclavo de lo más barato, un negocio muy suculento para quienes utilizan a los demás animales como mercancía para ganar dinero. Pero Inky no era un objeto, sino un individuo que se hizo protagonista de su propia historia. Igual que lo es Blotchy, el otro pulpo aún atrapado en el mismo tanque, e igual que los más de cien animales cautivos en el Acuario de Napier, una cárcel de agua de un millón y medio de litros, donde también roban la vida a pirañas, tiburones, pingüinos, caimanes y peces tropicales, además de otros reptiles, aves y animales acuáticos.

“Nunca se sabe, siempre existe la posibilidad de que Inky pueda volver con nosotros”, declara el responsable del acuario, como si con él no fuera toda esta injusticia. Sólo nos queda la esperanza de que, mientras él pronuncia esta terrible amenaza, Ynky esté flotando libre en el fondo del mar, y así le espere una larga vida sin jamás mirar atrás…

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