Como cada año por estas fechas, con motivo de la Feria de San Isidro, el 20 de mayo de 2014 la Plaza de Toros de las Ventas (Madrid) se preparaba para una jornada de sangre e injusticia. Pero esta no sería una jornada cualquiera. Por primera vez en 35 años, la corrida iba a ser suspendida debido a que ninguno de los asesinos estaba en condiciones de poder continuar. El motivo: Deslío y Fetén, dos toros que se negaron a morir sin pelear.

Deslío

El primero en caer fue un tal David Mora, uno de tantos que se cree valiente por atreverse a mirar a otro animal a los ojos y acabar con su vida lentamente. Deslío le devolvió la mirada, seguramente más asustada que asesina. Pero, según la prensa , “no se vaciló la embestida, sino que el animal atropelló al torero de forma violenta, y aún tuvo tiempo de volver sobre su presa, a la que prendió y volteó de forma terrorífica; lo zarandeó, le dio una vuelta de campana, boca arriba, primero, y boca abajo, después, y llegó a hacer presa hasta tres veces, hasta que el cuerpo del torero quedó desmadejado sobre el ruedo, chorreando la sangre por su pierna izquierda y a la espera milagrosa de la llegada de las asistencias…”

Milagro que, por cierto, nunca llega cuando es el toro quien yace sobre la arena ahogado en su sangre y su dolor, con el negro terciopelo de su cuerpo acuchillado y empapado de rojo. David Mora no murió aquella tarde. Deslío sí.

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Pero el asesino de Deslío, Antonio Nazaré, tampoco salió indemne de aquella. Fetén, el segundo toro, siguió los pasos de su compañero y varias veces consiguió voltear y zarandear a Nazaré, hasta que consiguió enviarle a la enfermería para no volver.
El relevo lo tomó el siguiente cobarde, Saúl Jiménez Fortes. A Fetén aún le quedaban fuerzas para luchar contra el destino que le habían marcado.En la primera tanda con la mano derecha, al término de un pase, el torero resbala, cae y queda a merced de su oponente que lo busca con saña. La angustia que se vive en la plaza alcanza su punto máximo. Pero aún quedaba la sorpresa final: Jiménez Fortes entra a matar y el toro lo engancha por el pecho y lo zarandeado con inusitada violencia en unos instantes que parecieron eternos (…) Y quedó en el ambiente la enorme tensión de una tarde dramática y sangrienta”. 
Y en las gradas, personas que aplauden, ríen y disfrutan ante el sufrimiento de un toro que está allí contra su instinto y voluntad, lloraban y se llevaban las manos a la cabeza por ver que sus valientes mártires no habían podido completar la faena.

A las ocho de la tarde, mientras el cuerpo muerto de Fetén era arrastrado por la plaza, se anunció por megafonía la suspensión de la corrida porque ninguno de los toreros del cartel estaba en condiciones para continuar. Los toros que aguardaban su muerte, encerrados, seguramente drogados y asustados, no serían asesinados aquella tarde; pero lo más probable es que pronto encontraran también su destino sellado con sangre sobre la arena. Puede que sólo quede de ellos un recuerdo morboso disecado a modo de trofeo, o un cartel con un nombre de esclavo que les pusieron aquellas personas que les obligaron a nacer y vivir para este cruel final. De Fetén y Deslío queda al menos el mensaje de que la tauromaquia es una lucha, sí, pero una en la que sólo pueden ganar si acabamos con ella de una vez. Alto y claro, por ellos dos, por los que lograron también parar la masacre en 1975 y 1979, por los seis que morirán esta tarde y durante las próximas tardes en la misma Feria de San Isidro, por todos los que han conseguido al menos herir a su oponente antes de caer, por aquéllos que lo único que querían era huir y que les dejaran vivir en paz…

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