Persecución Pocatello

El 12 de diciembre de 2014, un empleado de la procesadora de carne Anderson Custom Pack, en Pocatello (Idaho) se preparaba para matar a una vaca de 450 Kg. Para quienes se erigían en sus dueños, su vida no valía ya más de lo que podían obtener a cambio de su carne muerta. Pero aquella vaca se sabía dueña de sí misma, y no dudó en saltar una valla de más de dos metros para escapar del destino que le imponían.

Matanza de Pocatello

En pocos minutos, la vaca corría por las calles del centro de la ciudad, perseguida por la policía y por las unidades de control de animales. Tras una larga persecución, se atrincheró en un barrio residencial. Fue en ese momento cuando un oficial de policía consiguió dispararle por primera vez en la cabeza. Pero, en lugar de sucumbir, la vaca embistió contra los coches patrulla que bloqueaban su camino, pisoteando también durante su huida un camión del departamento de control de animales. Después de una larga cacería, lograron acorrararla de nuevo en el patio de una casa, y apagaron su vida para siempre.

 

Después de su muerte, varios empleados de Anderson cargaron el cuerpo de la vaca en un camión, y la llevaron de vuelta al negocio de procesamiento de carne.

Pero la fuerza que empleó en luchar por su libertad dejó una poderosa estela. Dos días más tarde, cuatro vacas más escaparon del mismo matadero. Según declararon los responsables, “algún grupo animalista” que les había estado amenazando, había forzado la puerta y había provocado la fuga para dar publicidad al asunto. Los mismos testigos parciales, intentaron negar la evidencia de que aquellas vacas habían “escapado”. Según ellos, sencillamente habrían caminado sin rumbo, dirigiéndose por mágica casualidad hacia el otro lado de la puerta abierta. El testimonio de quienes se dedican a crear y destruir vidas a cambio de dinero no es el más creíble del mundo, ni tampoco sus justificaciones. Sin embargo, el hecho de que la fuga o rebelión de un animal pueda inspirar y contribuir al aprendizaje de sus compañeras es, cada vez más, un factor verosímil a tener en cuenta.

El miércoles 17 de diciembre, el copropietario del matadero, Jesse Anderson, disparó a una de las cuatro fugitivas en un callejón y capturó a otra. Las dos restantes, según distintos medios, permanecieron desaparecidas durante una semana antes de ser conducidas de nuevo a la planta donde, antes o después, serían asesinadas y despiezadas, a pesar de que un grupo de rescate se había ofrecido a hacerse cargo de ellas.

Lo que mucha gente compra envasado al vacío, trocea, cocina, saborea y traga, son los pedazos de esas vidas, de esas ganas de vivir que la industria cárnica aplasta cada día. Son esos actos admirables de solidaridad y resistencia, esas oportunidades perdidas, esa libertad triturada en manos de la represión y la explotación. Son esas cinco vacas sin nombre que se negaron a morir sin luchar.

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