El 20 de agosto de 1994, la ciudad de Honolulu (Hawái) acogió su último espectáculo de circo con animales. Este triunfo contra los negocios que se lucran a costa del sufrimiento y la esclavitud ajena, fue posible gracias a una elefanta llamada Tyke. Pero ella pagó un precio muy alto, que sólo podemos homenajear recordándola y continuando con su lucha.

Tyke había nacido en África en 1973. Como una gran mayoría de las elefantas encerradas en zoos y circos, había sido capturada y separada de su madre cuando sólo era un bebé, condenada a vivir confinada lejos de su familia, entrenada de manera abusiva, y obligada a trabajar para el entretenimiento de otras personas. En el caso de Tyke y sus compañeras, este uso era especialmente intenso, ya que pertenecían a Jon Cuneo, responsable de la Corporación Hawthorn. Esta empresa se dedicaba a alquilarlas a diferentes circos y ferias a lo largo del año, trasladándolas de un sitio a otro, sin cuidados sanitarios básicos, y sometidas a los constantes castigos físicos que eran la rutina de entrenamiento más extendida en la época.

Aquella gira estaba siendo particularmente dura. Tyke y otras cuatro elefantas, habían sido alquiladas al Circus America, y el espectáculo había estado viajando, desde el contintente, por todas las islas del Pacífico Hawaiano. El estrés del tour ya había sembrado la tensión entre las paquidermas y, pocos días antes de llegar a Honolulu, otra elefanta llamada Elaine había desobedecido a su entrenador en plena función, abalanzándose sobre la audiencia y dejando atrapada bajo las gradas a una familia de diez miembros. Este incidente terminó sin víctimas, pero no ocurriría lo mismo con el estallido de Tyke, cinco días más tarde.

El público de la sesión matinal esperaba la salida de los animales, pero en su lugar fue un mozo (la persona que se encargaba de alimentar y limpiar a las elefantas) quien hizo su entrada en la pista, corriendo por su vida. Tras él, se apresuró una enfurecida Tyke, que le zarandeó y le tiró al suelo. Cuando el entrenador entró en escena para intentar calmarla, Tyke  se volvió también contra él, aplastándolo bajo su peso y pisoteándolo repetidamente.

Mientras el público y los empleados del circo trataban de huir, Tyke también consiguió encontrar una salida, tirando abajo la puerta y empujando a todo aquel que intentaba contenerla. Tyke no podía más, estaba decidida a escapar de su esclavitud, y no era la primera vez que lo intentaba. En abril de 1993, en Altoona (Pensilvania), ya había se había fugado de la pista en medio de una actuación para 3.000 niños, y había estado  deambulando por los pasillos, encaramándose en un balcón. Sólo el uso de otra elefanta consiguió hacerla bajar. Dos meses más tarde, en Minot (Dakota del Norte), Tyke atacó a un mozo rompiéndole varias costillas, y posteriormente escapó de la carpa hacia la calle, huyendo de los empleados del circo durante 25 minutos antes de ser atrapada.

La fuga de Altoona ya había estado a punto de costarle la vida a la elefanta, pero para el circo era demasiado valiosa. En Honolulu, en cambio, dejaron su suerte en manos de la brutalidad policial. Hasta 86 disparos recibió, entre insultos y gritos de odio, antes de caer desplomada al suelo. Finalmente, los empleados del zoo de la ciudad se encargaron de ponerle una inyección letal. Pero la fuerza de Tyke, su lucha por la vida y la libertad que le habían robado, parecía inagotable. Tras la inyección, aún fueron necesarias tres balas más para cerrar sus ojos para siempre.

Tyke murió en aquella calle en 1994, pero sus acciones cambiaron el curso de las cosas. Despertó en mucha gente los deseos de luchar para que nada parecido volviera a suceder. La ciudad no volvió a albergar circos con animales. Jon Cuneo y la Corporación Hawthorn, tras repetidas condenas monetarias, se vieron obligados judicialmente a desprenderse de los elefantes, y muchas de las compañeras de Tyke fueron trasladadas al Santuario de Hohenwald, en Tennessee. Fue la historia de Tyke la que inspiró a muchas personas para recaudar dinero y crear este lugar donde, gracias a ella, muchas elefantas maltratadas y esclavizadas pueden finalizar su vida dignamente y sin ser exhibidas ni utilizadas para obtener beneficio humano.

Al igual que Tyke, miles de animales en todo el mundo sufren, pelean por su libertad y mueren entre rejas a causa de los circos. Su muerte no ha sido en vano, y será eternamente recordada. Pero las lágrimas no son suficiente, tenemos que ayudarles a terminar con esta injusticia.

 

Fuente principal: “Fear of the animal plantet. The hidden history of animal resistance”, de Jason Hribal (Counter Punch/AKA  Press, 2010)

 

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