En su publicidad, la familia Faggioni, dueña del Gran Circo Americano, no explica de dónde salió Goliath. Sólo dicen que es “de su propiedad” desde que era un cachorro. Goliath no debería ser de la propiedad de nadie. Debería haber nacido libre, en la sabana africana. Allí viviría en una manada con otros seis o siete individuos de su especie, y se pasaría gran parte del día pastando al sol. Desgraciadamente, también estaría expuesto a los peligros de la caza furtiva. En eso se escudan los Faggioni para justificar la esclavitud de Goliath.

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Efectivamente, hay otras amenazas para los animales aparte de los circos, pero eso jamás podrá dignificar el hecho de que sean capturados o criados para ser explotados. Gran parte de la vida de Goliath transcurre en un tráiler de 14 metros que comparte, no con su manada, sino con dos cebras. Goliath pesa 2500 kilos, así que estamos seguras de que 14 metros compartidos no suponen un espacio muy holgado para él. Cuando llega a una ciudad, se le expone en un recinto abierto para satisfacer las miradas de los curiosos. Las condiciones meteorológicas de cada lugar y momento del año son inmensamente variables, y en ningún caso se corresponden con las de la sabana africana, así que tampoco creemos que Goliath se sienta precisamente como en casa cuando soporta temperaturas extremadamente diferentes a las de su hábitat natural. Después de ser expuesto, realiza su “actuación”, que consiste en dar un par de vueltas por la pista y volver a su cubículo. El circo declara que le provee de alimento, agua y cuidados veterinarios. No tenemos por qué dudarlo, así como no dudamos de que se lucran a su costa y de que la excusa de la “conservación” de una especie en peligro de extinción les proporciona una excelente coartada para seguir con el negocio de explotar animales. En su página de facebook, le presentan como “un embajador de su especie, que está en el Gran Circo Americano para concienciar de la importancia de amar y proteger a los animales (…) La familia Faggioni tiene el firme convencimiento de que las personas aman a los animales y están dispuestos a protegerles sólo si les conocen en persona, ya que esta experiencia crea un vínculo y recuerdos imborrables”. A nosotras, el recuerdo imborrable de que existen animales cautivos como Goliath, es la razón que nos lleva a desear su libertad. Para empatizar con él no es necesario verle ni tocarle, sólo hace falta ponerse en su lugar, pensar que su vida en cautiverio es una vida más indeseable, incluso, que la que llevaría en África a expensas de la caza furtiva. Allí, al menos, los rinocerontes conocen la libertad y tienen alguna pequeña oportunidad de llevar una vida plena. Aquí, Goliath ha nació como un esclavo, vive como un esclavo y morirá como un esclavo. ¿Conocerle en persona? Éste es Goliath, su alimento preferido son las zanahorias, duerme en un camión y da vueltas en círculo. ¿Es esa la naturaleza que pretendemos conservar? Qué sentido tiene clamar contra una forma de opresión al mismo tiempo que perpetuamos otra.

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No sabemos si Goliath podría llegar algún día a vivir en libertad, pero de lo que estamos seguras es de que debería terminar sus días en un lugar donde no fuera considerado una propiedad ni un recurso, donde no fuera utilizado para ganar dinero. Y, sobre todo, estamos seguras de que no deberían nacer más individuos como él para vivir su vida dando vueltas en círculo. En cierta manera, Goliath corre la misma suerte que sus congéneres masacrados en África. Todos ellos son víctimas de la dominación especista que lleva a ver a los demás animales como recursos a nuestra disposición, como cosas que podemos explotar, crear y destruir a nuestro antojo.

Fuentes: Gran Circo Americano (web oficial y publicaciones de Facebook)

Imágenes: Igualdad Animal

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