Joseph Merrick nació en Leicester (Inglaterra) en 1862.  A los 18 meses comenzó a desarrollar una extraña enfermedad que, entre otras cosas, le produjo graves malformaciones físicas y dificultad para el habla.

“Mi cráneo tiene una circunferencia de 91,44 cm, con una gran protuberancia carnosa en la parte posterior del tamaño de una taza de desayuno. La otra parte es, por describirla de alguna manera, una colección de colinas y valles, como si la hubiesen amasado, mientras que mi rostro es una visión que ninguna persona podría imaginar. La mano derecha tiene casi el tamaño y la forma de la pata delantera de un elefante, midiendo más de 30 cm de circunferencia en la muñeca y 12 en uno de los dedos. El otro brazo con su mano no son más grandes que los de una niña de diez años de edad, aunque bien proporcionados. Mis piernas y pies, al igual que mi cuerpo, están cubiertos por una piel gruesa y con aspecto de masilla, muy parecida a la de un elefante y casi del mismo color. De hecho, nadie que no me haya visto creería que una cosa así pueda existir”

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El rechazo de la sociedad, la imposibilidad de desempeñar un trabajo de cara al público, y la falta de apoyo por parte de su propia familia, hicieron que Joseph se uniera a una feria ambulante como única opción para sobrevivir. Llegó a pasar por las manos de varios promotores de espectáculos, que supieron compaginar la curiosidad que despertaba aquel “monstruo” en la audiencia, con el interés que su dolencia tenía para la comunidad científica.

En aquella época aún era habitual que las ferias ambulantes incluyeran exhibiciones de seres humanos. Del mismo modo, era relativamente frecuente que, para justificar la explotación de estas personas, los empresarios circenses los compararan con animales de otras especies, e incluso inventaran historias sobre el origen animal de sus características físicas. En el caso de Joseph, su protuberancia facial parecida a una trompa, le haría pasar a la posteridad como “El Hombre Elefante”. La leyenda sobre su origen, que él mismo llegó a difundir (no sabemos si incluso a creer), era la siguiente:

“La deformidad que exhibo ahora se debe a que un elefante asustó a mi madre; ella caminaba por la calle mientras desfilaba una procesión de animales. Se juntó una enorme multitud para verlos, y desafortunadamente empujaron a mi madre bajo las patas de un elefante. Ella se asustó mucho. Estaba embarazada de mí, y este infortunio fue la causa de mi deformidad”.

Lo más probable es que esta historia fuera únicamente una invención para publicitar las exhibiciones de circo en las que se utilizaba a Joseph; pero lo que sí es cierto es que hay una relación incuestionable entre la vida de este hombre y la de cualquier elefante de circo: ambos individuos con capacidad de sentir y de sufrir física y emocionalmente, y sin embargo usados como recursos para el entretenimiento de algunas personas y el beneficio económico de otras. 

Joseph, supuestamente, ganaba dinero por sus actuaciones; pero los promotores eran quienes “gestionaban” este dinero. Cuando “El Hombre Elefante” dejó de ser rentable debido a los cada vez más frecuentes vetos legales y morales, su último promotor (un feriante italiano de nombre Ferrari), le abandonó a su suerte, quedándose con las 50 libras que Joseph había ganado durante sus dos años de trabajo.

Como sucede con el uso de animales no humanos en la actualidad, en el caso de Joseph existía un contexto social que justificaba y ayudaba a perpetuar este tipo de explotación; pero también había un gran número de personas que comenzaba a cuestionarlo y trataba de cambiarlo. Merrick pudo terminar sus días de manera digna gracias a la ayuda de un médico de nombre Frederick Treves, y de la solidaridad de un amplio sector de la sociedad victoriana que, no obstante, nunca le liberó de su etiqueta de “curiosidad científica” . Tras su muerte a los 27 años de edad, el esqueleto de Joseph fue expuesto en el Museo del Royal London Hospital. Curiosamente, esto es algo más que tiene en común con otros animales célebres de la industria del expectáculo, cuyos restos tras la muerte han pasado a ser objetos de colección.

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“El Hombre Elefante”, según numerosas fuentes, pasó sus últimos años feliz, siendo considerado “hombre” a secas. Es decir, habiéndole sido reconocido un estatus de superioridad moral con respecto a otros animales,  y una dignidad como ser humano que, de manera totalmente arbitraria, se concede en exclusiva a nuestra especie y se niega al resto. Se le dio la oportunidad de comunicar lo que había vivido y reivindicar el respeto de los demás. Obviamente, la enfermedad de Joseph no daba derecho a nadie a faltarle al respeto, a explotarle, ni a negarle su libertad y su dignidad.

Su historia ayudó a erradicar el uso de seres humanos en espectáculos; pero, mientras los hombres a secas ya no pueden ser tratados como esclavos de circo en nuestra sociedad, a los elefantes a secas (y a otros muchos animales) se les sigue usando como en su día se usó a Joseph. Que ellos y ellas no puedan hablar, leer o escribir su historia, no significa que su sometimiento sea más digno ni más justificable, ni que su libertad no deba ser reivindicada.

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En 1980, David Lynch inmortalizó esta historia en una película. En cierto momento de esta obra, el personaje de Merrick se rebela proclamando las siguientes palabras, que han pasado a la historia del cine: “¡Yo…yo no soy ningún monstruo, no soy un animal, soy un ser humano! Lo que olvidó David Lynch, y lo que olvidó la sociedad al condenar el uso de seres humanos en espectáculos de circo, es que los seres humanos sí somos animales. Y que el hecho de haber sido clasificados en otras especies no ofrece ninguna justificación racional para que a otros animales se les someta a la explotación y humillación que en su día sufrió Joseph Merrick. 

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