Mademoiselle Fanny era una chimpancé exhibida en los espectáculos y presentada como el eslabón perdido, siguiendo no sólo el interés popular por la teoría de la evolución sino por la antigua y enrevesada tradición, anterior a Darwin, que relacionaba a estos monos y a los orangutanes con los sátiros y el humano.

ImagenKrao, era indochina, nació en Birmania (1876-1926), apareció en Europa a comienzos de 1880 y fue exhibida desde que tenía alrededor de 6 ó 7 años hasta su muerte por gripe a los 49. Como era frecuente en su rara enfermedad, la Hipertrichosis universalis congénita, sufría de prognatismo, irregularidades en la dentadura, hirsutismo general y, además, según algunos médicos que la examinaron, labios reversibles y pies prensiles. La trajo a Europa un aventurero y empresario de espectáculos, William Leonard Hunt, “el Gran Farini”, que contó que la chica pertenecía a una tribu de monos arborícoras y comedores de carne cruda y arroz. Se la habían cedido los reyes de Birmania y la había adoptado como hija. Cuando llegó a Europa fue examinada por el doctor H. Kaulitz-Jarlow, en cuyo informe se inclinaba hacia la parte simiesca del eslabón. Según él,  además de estar cubierta se pies a cabeza de pelo negro azabache, la estructura de su cara parecía la de un gorila. En consecuencia, se la publicitó como “el Eslabón perdido de Darwin”.Imagen

La exhibieron por primera vez en un gran local de entretenimiento y espectáculos, el Aquarium de Westminster, en Londres. Intervino en la polémica el Dr. J. G. Garson, que publicó en el British Medical Journal, el 6 de enero de 1883, una memoria despejando las falacias que se decían sobre la naturaleza simia de la chica y expresando que su única peculiaridad era ser peluda sin que eso autorizara a considerarla “el Eslabón perdido” como repetía machaconamente la propaganda y la prensa sensacionalista.

Julia Pastrana era una india mexicana de apenas 137 centímetros de altura. Padecía hirsutismo con fibromastosis gingival, una hipertrofia gingival, con encías protuberantes llenas de excrecencias, dos filas de dientes que le conferían una apariencia sImagenimiesca y una frondosa barba y bigotes. Había nacido en las montañas de Sierra Madre en 1834 y hasta abril de 1854 estuvo trabajando como empleada al servicio doméstico del gobernador Pedro Sánchez, en el estado de Sinaloa. A los 20 años se inició como fenómeno circense. Era presentada como “El Híbrido Maravilloso” (fruto de los amores de un humano y una mona) o “La Mujer Oso”. Llegó a los Estados Unidos en 1854. El médico neoyorkino Alexander B. Mott la examinó y opinó: “Es uno de los más extraordinarios seres de los tiempos recientes, un híbrido entre humano y orangután”. También fue visitada por el empresario circense P. T. Barnum, que la desechó para su espectáculo por considerarla demasiado grotesca. Sí que se fijó en ella Theodore Lent, un empresario sin escrúpulos que comenzó a cortejarla.

Respetuoso de los tratados que abolían la compra-venta de seres humanos, Lent decidió que la mejor forma de evitar que aquel filón cayera en otras manos era casarse con ella. La boda tuvo lugar en 1864. Lent la explotó sin descanso y consiguió para ella una notoria fama. Aparte de los pases para el público en general, organizaba pases privados, tertulias para gente más adinerada en las que su cónyuge era el tema de conversación.

Julia tenía prohibido salir de su apartamento durante el día, así que se entretenía leyendo (aunque en el show era presentada como una salvaje analfabeta).

Lent vendió entradas, incluso, para su parto y su agonía. Embalsamó los cadáveres de su mujer y su hijo (tan peludo como la madre) y los vendió a la Unversidad de Moscú. Pronto los recuperó mediante una argucia legal y continuó exhibiéndolos por el mundo. En 1994 el Senado de Noruega recomendó su inhumación. Ante esta decisión el Ministerio de Ciencia se opuso y decidió conservarlo con fines científicos, en el Departamento de Anatomía de la Universidad de Oslo.

ImagenFrederick Treves, el doctor que encontró y cuidó a Joseph Merrick, “el hombre elefante” tras presenciar una sesión del espectáculo de Julia en Londres, escribió que la exhibían en un local mal iluminado y polvoriento, con una puesta en escena paupérrima, como a un perro amaestrado, sin la menor dignidad ni respeto.

Los eslabones perdidos, como querían hacer creer en el circo, eran personas que, aprovechando sus síndromes poco comunes, eran presentadas al público como seres en un punto “inferior” del proceso evolutivo. Desde esta lógica antropocentrista, es fácil entender que denominarles <<eslabones perdidos>> como si no fueran “del todo” humanas permitía que su explotación pasase desapercibida en muchos casos.
Lo que no contemplaban los agentes y empresarios circenses, los científicos, médicos y antropólogos, el público, etc. es que, sin dejarnos cegar por el antropocentrismo, la teoría de la evolución contempla que las especies (y los individuos dentro de cada especie) mejor adaptadas son las que sobreviven. Pues bien, si otras especies de simios han sobrevivido hasta nuestros días y, es más, si esto lo han hecho con menor número de transformaciones en la especie, esto nos debería llevar a pensar que los demás simios están igual o mejor adaptados que nosotras. De la misma manera que, dentro de la especie humana, las sociedades cazadoras-recolectoras, puesto que algunas todavía existen, son la mejor adaptación de la especie humana hasta ahora.

En cualquier caso, es ridículo pensar que una especie es superior a otra por el momento evolutivo en que se encuentra. Igual que es ridículo considerar que la especie humana es superior a las demás porque ha desarrollado la inteligencia tecnológica. Tener esta capacidad está bien, pero no es necesariamente la mejor: otras especies pueden volar, tienen visión nocturna, detectan las vibraciones, los ultrasonidos, pueden ver con absoluta precisión a cientos de metros sin necesidad de prismáticos. Los bonobos por ejemplo nos superan con creces en inteligencia emocional y las ballenas de Groenlandia tienen una media de vida de 200 años.

Bien es cierto que hay humanas que consideran que la inteligencia tecnológica les hace superiores, pero a día de hoy es comunmente aceptado que ser “más inteligente” no te hace más merecedor de derechos. De tal manera que podemos encontrar humanos con discapacidad cognitiva y no por esto justificamos su explotación.

Ajenas a la jeraquización antropocéntrica de las especies, el hecho de no formar parte de la especie humana, no justifica en ningún caso la explotación.

Fuentes:
Pedraza, P., 2009. Venus barbuda y el eslabón perdido. La Biblioteca Azul (serie mínima), 25. Madrid: Ediciones Siruela
Moros Peña, M., 2004. Seres extraordinarios: Anomalías, deformidades y rarezas humanas. Madrid: Edaf.

*El texto contiene citas literales

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